Tengo una maldición para el amor

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Soy un idealista, creo fervientemente que algún encontraré a la pareja que me complemente, pienso que en mi dedo hay un hilo rojo atado al de otra persona, siento que mi alma gemela deambula por las calles esperando encontrarnos. Todo esto es verdad y suena muy bonito, pero la realidad es otra, una que me ha atormentado a lo largo de mi vida y que pienso es una maldición de la cual nunca podré escapar, pues así lo tiene planeado el destino, me quiere solo por el resto de lo que me quede en esta Tierra.

No puedo creer que haya hombres que no saben tratar a una mujer, que las tratan como si fueran cualquier persona cuando son sus parejas, las personas con las que ellos eligieron estar. Menos entiendo que las chicas quieran seguir ahí, sufriendo con el que consideran el amor de sus vidas. Cuando era pequeño creía que esto sólo pasaba en las películas de drama o comedia romántica, pero no, así como tampoco he confirmado que el chico nerd o inadaptado social logre conquistar a la más popular de su escuela.

Pero déjenme contarles cómo llegué a la conclusión de que tengo una maldición. Desde que comencé a poner en práctica mis tácticas de ligue con las jovencitas que me interesaban, todo termina mal, no entendía bien por qué, pero así pasaba. Me costaba un esfuerzo brutal lograr acercarme a ellas, entablar una conversación, pero cuando lo lograba todo parecía ir bien, hasta que hacía la esperada pregunta: ¿Quieres ser mi novia?

No, somos amigos, no te veo como algo más que amigo, no eres mi tipo, me gusta alguien más, no quiero algo serio. Esas eran algunas de las respuestas que siempre me daban, y mi reacción era de asombro, pues creía que todo iba bien, que lo que seguía era formalizar lo nuestro. Pero estaba muy lejos de la verdad. Mi corazón se rompía, un pedacito por cada negativa. Creo que ya sólo me queda la mitad.

Pero la gota que derramó el vaso fue hace poco, cuando llevaba unos cuatro meses saliendo con una chica con la que me llevaba muy bien. Salíamos en público, nos tomábamos de la mano, nos besábamos, ella iba a mi casa y yo a la de ella, nos quedábamos a dormir en la misma cama pero sin tener relaciones. Supongo que debí darme cuenta de que eso podía ser un indicio de que nuestra relación no podía dar el siguiente paso.

Ella caminaba con poca ropa en frente de  mí, presumiendo lo que ella sabía me volvía loco. Recorría su cuarto y si no estaban sus padres lo hacía en la sala, donde yo veía la televisión y ella, sin pena alguna, atravesaba los muebles minimalistas que había en su hogar y me lanzaba miradas que incitaban al pecado. Yo me resistía, no me atrevía a insinuar que lo hiciéramos.

Un día decidí lanzarme a preguntarle si quería ser mi novia, sin darle importancia a las alertas que pasaron desapercibidas enfrente de mis ojos, pues el amor no es ciego, te vuelve ciego. ¿Y adivinen lo que pasó? Recibí un rotundo no, la excusa en turno fue que así estábamos bien, que algo formal podría arruinar la diversión. ¿Con cuántos más estará así? Ya no creía ser el único en su vida.

Desde ese momento supe que cada que quería formalizar algo, todo se derrumbaba. Las ilusiones de amar se desvanecían. Ahora sólo pienso que siempre estaré solo, así que decidí que ya no me esforzaría, que dejaría que llegue el amor de mi vida, y si ella no se anima, que lástima, ya no tenga fuerzas para seguir correteando al amor por el mundo.

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