Te acostumbras a estar solo

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Tirado sobre los pisos de mármol de mi casa, sintiendo el suelo frío sobre mi cuerpo desnudo, repaso en mi mente el vago recuerdo de la noche anterior, en que parecía ser perfecto, tanto que tuve miedo de que fuera real y decidí que no era momento de despertar. Así pasa con los sueños, entre mejor sea, no queremos despertar; y cuando es muy malo, queremos que se termine, pero Morfeo o el encargado de darnos aquellas imágenes le gusta jugar con nosotros y hace totalmente lo contrario a nuestras peticiones. Por eso, mientras rememoro con una sonrisa en el rostro las imágenes de fragmentos de la que pudo ser la mejor noche de mi vida, mis labios se arquean en dirección contraria al recordar que todo fue fugaz debido a la costumbre que tengo de estar solo.

Sí, como un sueño lindo que termina de tajo, así sucedió, sólo que en esta ocasión el culpable fui yo, quien prefirió seguir solo como lo he estado desde que perdí a mis padres. Desde que mis viejos me abandonaron en esta vida para reunirse en el cielo, sentí que la vida me arrebataba todo lo bueno que tenía o lo que iba llegando. Sucedía con cada una de mis relaciones, sea de amistad, profesional o de romance, todas terminaban igual: yo estando solo. Al principio me dolía, sufría en la oscuridad de mi soledad, pero con el tiempo me agradaba estar ahí, no quería que ningún intruso afectara lo que había conseguido.

Chicas entraban y salían de la casa que me heredaron mis padres, para nunca más volver a mi vida. Más vale una noche buena, que una amarga despedida. Sí, porque la vida me convirtió en el Rey Midas de las relaciones pero a la inversa, todo lo que toco desaparece. Así que en cuanto algo bueno sucede, prefiero ponerle fin cuando todo es color de rosa aún, antes de poner sobre la mesa corazón y alma, que al final de cuentas es lo que siempre apostamos y de pedazo en pedazo lo vamos perdiendo. Sólo los mejores jugadores ganan y tienen, además de los propios, parte de otras personas, volviéndose más fuertes y dejando vulnerables a los demás.

Cierto, la noche anterior. Conocí a alguien, no como todas las que pasaron por mi hogar y al día siguiente se iban, con ella sentí una conexión especial, tan mágica como el manto de estrellas que cubría el cielo y envolvía nuestra plática, con la cual la conocía más y mi corazón se aceleraba, como si alguien pisara el acelerador de un automóvil y mi corazón era el motor. No quería quitar el freno de mano, era peligros, lo sabía. La noche había sido especial, tanto que sabía que me hundiría si arruinaba todo y mi experiencia me decía que eso era justamente lo que iba a pasar. Di por culminada la noche con un beso que incendio mi ser y con un hasta nunca que dije en mis pensamientos y que provocó el llanto en mi corazón.

Así de fuerte puede ser el miedo, las experiencias pasadas son como cuerdas que podemos utilizar para atarnos y quedarnos donde estamos, o amarrarlas más arriba y comenzar a escalar en busca de una mejor vista.

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