Mi primer departamento

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Ya han pasado algunos años desde que decidí salirme de la casa de mis padres y comenzar mi vida como una joven independiente, los perro aúllan sólo de mencionar la cantidad de años que han pasado desde aquel entonces, los cuales vinieron a mi memoria después de revisar un viejo álbum fotográfico donde encontré un par de instantáneas de mi vieja residencia, la cual era todo un palacio… para los pitufos. Así que se me ocurrió contarles cómo era, por si tienen la intención de mudarse y sólo piensan en departamentos grandes y costosos.

En ese entonces encontré una cuarto bastante grande, que quede claro que dije cuarto, no departamento ni casa, era una cuarto muy amplio el cual adaptaron como una pequeña casa, donde había una cocina muy pequeña, un baño y el espacio sobrante era sala, comedor y cuarto. Pero el precio era muy accesible y pasaba como un súper mini departamento. Estaba vacío, lo único que tenía era un frigobar y una estufa pequeñita, lo cual era una gran ganancia, ya que me podía ahorrar el comprar desayuno, comida y cena. Podía comprar mi mandado y prepararme yo misma mis alimentos. Así que era hora de pensar que era lo que más necesitaba. ¿Dónde iba a dormir? No podía llevarme mi cama porque sería un estorbo, así que pensé en ir a una venta de sofá camas y conseguir uno delgado, que no ocupara mucho espacio siendo sofá, pero que sirviera bastante bien como cama. Adquirí uno a buen precio y con el dinero que me sobraba adquirí artículos de limpieza personal y para el hogar, así como mi primer mandado.

Con el tiempo fui ahorrando y fui adquiriendo más cosas, como una televisión mediana y llamé a un carpintero para que me hiciera un presupuesto de armar una mesa comedor que se pudiera desplegar desde la pared, para utilizarlo y después poderlo guardar y que no me quitara más espacio. Además compré dos sillas plegables. Empezaba a llenarse mi casa con artículos que necesitaba y que me permitían guardarlos cuando no estaban en uso. Era mi forma de que se viera con algo de espacio mi pequeño departamento.

Lo siguiente fue imprimirle mi estilo, así que comencé a colgar cuadros, a crear adornos para el techo, algunos pósters de mis artistas favoritos, etc. Lucía precioso y me encantaba a pesar de su pequeño tamaño. Amigas llegaron a quedarse a dormir y al principio se les hacía muy pequeño, incluso incómodo, pero conforme pasaban tiempo ahí, se sentían muy a gusto. Se iban fascinadas de lo acogedor que era mi lugar y querían tener el suyo, ya no pensaban en casas gigantes o departamentos amplios, querían vivir a lo pequeño.

Después de tres años de vivir ahí, llegó el momento de pasar a algo más grande, pude comprar mi casa en abonos y fue muy triste el día en que decidí partir. La casera se había molestado con los cambios al principio, pero después de que se los expliqué quedó maravillada e incluso subió el precio de la renta. Además le vendí mi sofá cama.

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